Desaparecer.

 Desaparecí. 

Si. Simplemente desaparecí.

 Como desaparecen las semillas en la tierra.

  Me fui a lo profundo.  Me enterré en la oscuridad y guardé toda mi vida. 

Abracé con fuerza todo aquello que me formó y alguna vez significó algo.  

Todo eso que es mi vida cupo en un pequeño comprimido de… comprimido de… de qué? De potencial? De recuerdos? De esperanzas? De desesperanzas quizás?  No sé qué nombre ponerle.  Pero si, me llevé todo eso que soy bien pequeñito y apretujado conmigo a lo más profundo.  

Y me dí tiempo.  

Mucho tiempo.  

Esperando que el tiempo sane y cure y deje florecer… seguí comprimiendo. 

Y hoy todas esas emociones que se hicieron semilla brotan. 

Sí, brotan.  Pero no como flores que nacen del dolor y le dan belleza y esperanza a la vida. Sino como lágrimas.  Lágrimas que desbordan y dicen: no puedo más.  No cabe en mi tanto dolor que con el tiempo y la presión se vuelve más duro.  

Por qué no funciona? Será que debo ocuparme de todo eso que comprimí con tanto esmero? 

Quizás debo simplemente buscar esa semilla y comprobar de qué está hecha.  

Me aterra enfrentarme a un pasado que de solo pensar en él se me anuda la garganta y los ojos se llenan de lágrimas.  

Pero es así.  Quizás es la vida que dice: Suficiente. Ya no hay tiempo para juntar valor.  Es hora de enfrentarse.  

Y ahí voy. A mi oscuridad enterrada. Y busco.  Y hago preguntas.  A mi misma, a mis recuerdos.  

Y … 

Lo primero que encuentro es silencio.  Mi propio desconcierto que me obliga a quedar en silencio frente a todo lo que alguna vez dejó marca.  

Y ahí está. Esa carga gigante que alguna vez me pareció intransitable e imposible de llevar.  Se ve tan simple desde la distancia del tiempo.  Como un diamante, que llevó años de presión y hoy muestra sus facetas con brillo y elegancia.  Veo en ese compuesto de dolores comprimidos la razón y los motivos por los que soy como soy. 

Me siento liviana.  Observo mis dolores y su brillo y me siento liviana. 

Acepto.  Acepto lo difícil porque sin eso nunca hubiera tomado las decisiones que tomé.  Acepto los desamores que marcaron mi camino porque si no fuera por ellos, hoy no sabría amar como amo.  Acepto las pérdidas de aquellos tiempos que me enseñaron a saber a quiénes valoro.  Acepto haber perdido amistades que me dieron la capacidad de encontrar experiencias y amistades nuevas.  Acepto haber sentido con tanta intensidad y haber dejado que todo eso me lastime, porque eso significa que fui humana, que me dejé llevar por emociones. Que sentí y viví con intensidad por amor a la vida. Acepto haber sido como fui.  Porque mi ayer me hace ser quien soy ahora. 

Quién soy ahora? Sigo siendo yo.  Siempre lo fui. Sin saberlo.  

Me perdí y me encontré mil veces, enterrando cada vez mas profundo mis dolores, debilidades y angustias. 

Desaparecí.  Otra vez.  

Pero hoy… hoy estoy de vuelta.  


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